Hallábame yo el otro día realizando lo que habrían debido ser unas compras navideñas, pero que, debido a la precaria coyuntura económica en la que nos encontramos, al estipendio adecuado lo sustituyó el latrocinio y a las tarjetas de crédito la mendicancia, actitudes, por cierto, mucho más propias de los filólogos y poetas del mundo.
Hallábame, como digo, por el centro de nuestra cosmopolita urbe, sumido en las meditaciones y divagaciones que me ocupan ultimamente, enfrascado en una conversación al estilo Secretum conmigo mismo, cuando, por el rabillo del ojo, algo atrajo mi atención.
¿De qué se trataba? Al segundo la claridad vino a mí como cuando el rayo atraviesa la noche tormentosa. Casi lo había olvidado, hacía un mes que apenas pensaba en él, pero ahí estaba, laureado:
¿A qué se debe? ¿Es realmente él, el mismo? Debe ser, quién si no. Qué hacía ahí su nombre enmarcado y glorificado es una duda que no acierto a resolver.
Es el destino de los grandes poetas, desde Cervantes a Keats, a los que les otorgan la gloria post-mortem, mientras dejan que sus libros se desmenucen en las polvorientas estanterías de las bibliotecas de las facultades de Letras de todo el mundo, tras haber dejado que sus vidas se disolviesen en la mediocridad de las sociedad mundana.
Me recuerda mucho al epitafio de Samuel Butler, en el Poets' Corner de la Abadía de Westminster:
- While Butler, needy wretch, was yet alive,
- No generous patron would a dinner give;
- See him, when starv'd to death, and turn'd to dust,
- Presented with a monumental bust.
- The poet's fate is here in emblem shown,
- He ask'd for bread, and he received a stone.
Mientras Butler, necesitado y miserable, estuvo vivo,
ningún generoso patrón le hubiese invitado a cenar;
mírale, cuando se ha muerto de hambre y convertido en polvo,
representado por un busto monumental.
El destino del poeta se muestra en este emblema:
pidió pan y le dieron piedra.)
