miércoles, 24 de diciembre de 2008

Sorpresa de Navidad

Hallábame yo el otro día realizando lo que habrían debido ser unas compras navideñas, pero que, debido a la precaria coyuntura económica en la que nos encontramos, al estipendio adecuado lo sustituyó el latrocinio y a las tarjetas de crédito la mendicancia, actitudes, por cierto, mucho más propias de los filólogos y poetas del mundo.
Hallábame, como digo, por el centro de nuestra cosmopolita urbe, sumido en las meditaciones y divagaciones que me ocupan ultimamente, enfrascado en una conversación al estilo Secretum conmigo mismo, cuando, por el rabillo del ojo, algo atrajo mi atención.
¿De qué se trataba? Al segundo la claridad vino a mí como cuando el rayo atraviesa la noche tormentosa. Casi lo había olvidado, hacía un mes que apenas pensaba en él, pero ahí estaba, laureado:
¿A qué se debe? ¿Es realmente él, el mismo? Debe ser, quién si no. Qué hacía ahí su nombre enmarcado y glorificado es una duda que no acierto a resolver.
Es el destino de los grandes poetas, desde Cervantes a Keats, a los que les otorgan la gloria post-mortem, mientras dejan que sus libros se desmenucen en las polvorientas estanterías de las bibliotecas de las facultades de Letras de todo el mundo, tras haber dejado que sus vidas se disolviesen en la mediocridad de las sociedad mundana.
Me recuerda mucho al epitafio de Samuel Butler, en el Poets' Corner de la Abadía de Westminster:

While Butler, needy wretch, was yet alive,
No generous patron would a dinner give;
See him, when starv'd to death, and turn'd to dust,
Presented with a monumental bust.
The poet's fate is here in emblem shown,
He ask'd for bread, and he received a stone.
(Traduzco improvisadamente:
Mientras Butler, necesitado y miserable, estuvo vivo,
ningún generoso patrón le hubiese invitado a cenar;
mírale, cuando se ha muerto de hambre y convertido en polvo,
representado por un busto monumental.
El destino del poeta se muestra en este emblema:
pidió pan y le dieron piedra.)

domingo, 30 de noviembre de 2008

Una joya bibliográfica

Una profunda emoción me embarga. Después de años de búsqueda compruebo que no soy la única persona que ha sentido un pálpito especial al tener la obra de Paco entre sus manos.
Y puedo añadir algo más, tu conjetura ecdótica la he visto confirmada:
Sí, era –mi– esa sílaba traviesa que decidió desvanecerse un día de la portada de tu ejemplar de sonetos. Por fortuna no logró escaparse del todo en la copia crujiente que llegó hasta mis manos. Borroso, como perdiéndose entre la bruma del papel amarillento, todavía puede leerse el título completo en aquel viejo poemario. Lo encontré un día otoñal rebuscando en el altillo de una librería de segunda mano, y lo conservo como uno de mis tesoros más preciados.





Con la exquisita sencillez de las ediciones de aquellos años heroicos, peleando contra el paso inevitable de los años, por fin la obra de Paco nos ha llegado.

Paco Albacete, proyecto filológico

Paco Albacete. Sólo su vida está a la altura de su obra: Natural de Teruel, vino a este mundo el día del levantamiento nacional. Poeta mendicante, vagabundo ilustrado. Hace tiempo que se gano la inmortalidad, ahora ha llegado el momento de la gloria...


Martín Fallero, Contraportada de Poemas de Paco Albacete.


Hace poco, recorriendo los solitarios pasillos de la facultad de filología, escondido en la más recóndita de sus polvorientas estanterías, silencioso y olvidado, yacía un libro: Poemas de Francisco Albacete. De sus raídas páginas, que se deshacían entre mis dedos antes de que la vista pudiera escudriñarlas, solo una era legible. Su título correctamente no se podía leer, más bien se intuía, más bien se imaginaba; los versos se habían conservador mejor y su lectura no entrañaba ningún problema. El título, que al parecer era parte de un ciclo de sonetos, solo indicaba su tipología y número. Habríase llamado la serie de sonetos votivos, pero un espacio hurtado por el tiempo y la carcoma dejaba adivinar una perdida sílaba antepenúltima, que la emendatio ope ingenii llama a rellenar con una sílaba -mi-.  Aquí la pieza, cuyo guarismo es el primero:

Soneto vo(mi)tivo I

Dejad que Diana vuestras almas cace!
Porque sabes a savia y a alegría,
cuando te vences con garbo en mi encía
a tu roce mi líbido renace.

Por hábito de ser un kamikaze
llevadme así al burdel de bastardía;
tu cadencia insurgente es poesía,
la afilada daga en mi vientre pace.

Si me llamas pendón te invito a Fanta
mas no oses decir basta a don Pepino
que aunque sepa a vinagre, es divino.

Mécelo así gustoso en tu garganta
y acaba este soneto en forma lenta,
como tu culo sobre mí se sienta.


Sus ritmos refinados, su sorprendente léxico, han hecho de mí un adepto a su obra, aunque hasta la fecha de hoy solo conozca este sublime y único poema. Sobran las explicaciones, este soneto habla por si mismo. Engarza la sensibilidad de Petrarca y la vitalidad de Shakespeare con la fuerza compositora de Quevedo. Una lástima su soledad editorial, agravada por el hecho de que el poema se deshiciese en migas de palabras en mis manos mientras lo leía, y solo lo guardase, custodio inestable, mi memoria; ese es el único culpable de la corrupción que ha alcanzado a sus versos, algunos de los cuales nunca conseguiré recordar con exactitud y se alzan, como la acrópolis de Atenas, majestuosos pero cercenados.
Sin embargo, la luz se ha hecho en mi conciencia: prometo investigar a fondo sobre este poeta del que tan solo conozco estos catorce versos y el fragmento de la contraportada que aquí también reproduzco. Contactaré con mis antiguos compañeros filólogos y entre todos extraeremos de las tinieblas este chef d'oeuvre perdido. Pido la palabra para hacerme heraldo de Francisco, alias Paco, Albacete.