domingo, 30 de noviembre de 2008

Paco Albacete, proyecto filológico

Paco Albacete. Sólo su vida está a la altura de su obra: Natural de Teruel, vino a este mundo el día del levantamiento nacional. Poeta mendicante, vagabundo ilustrado. Hace tiempo que se gano la inmortalidad, ahora ha llegado el momento de la gloria...


Martín Fallero, Contraportada de Poemas de Paco Albacete.


Hace poco, recorriendo los solitarios pasillos de la facultad de filología, escondido en la más recóndita de sus polvorientas estanterías, silencioso y olvidado, yacía un libro: Poemas de Francisco Albacete. De sus raídas páginas, que se deshacían entre mis dedos antes de que la vista pudiera escudriñarlas, solo una era legible. Su título correctamente no se podía leer, más bien se intuía, más bien se imaginaba; los versos se habían conservador mejor y su lectura no entrañaba ningún problema. El título, que al parecer era parte de un ciclo de sonetos, solo indicaba su tipología y número. Habríase llamado la serie de sonetos votivos, pero un espacio hurtado por el tiempo y la carcoma dejaba adivinar una perdida sílaba antepenúltima, que la emendatio ope ingenii llama a rellenar con una sílaba -mi-.  Aquí la pieza, cuyo guarismo es el primero:

Soneto vo(mi)tivo I

Dejad que Diana vuestras almas cace!
Porque sabes a savia y a alegría,
cuando te vences con garbo en mi encía
a tu roce mi líbido renace.

Por hábito de ser un kamikaze
llevadme así al burdel de bastardía;
tu cadencia insurgente es poesía,
la afilada daga en mi vientre pace.

Si me llamas pendón te invito a Fanta
mas no oses decir basta a don Pepino
que aunque sepa a vinagre, es divino.

Mécelo así gustoso en tu garganta
y acaba este soneto en forma lenta,
como tu culo sobre mí se sienta.


Sus ritmos refinados, su sorprendente léxico, han hecho de mí un adepto a su obra, aunque hasta la fecha de hoy solo conozca este sublime y único poema. Sobran las explicaciones, este soneto habla por si mismo. Engarza la sensibilidad de Petrarca y la vitalidad de Shakespeare con la fuerza compositora de Quevedo. Una lástima su soledad editorial, agravada por el hecho de que el poema se deshiciese en migas de palabras en mis manos mientras lo leía, y solo lo guardase, custodio inestable, mi memoria; ese es el único culpable de la corrupción que ha alcanzado a sus versos, algunos de los cuales nunca conseguiré recordar con exactitud y se alzan, como la acrópolis de Atenas, majestuosos pero cercenados.
Sin embargo, la luz se ha hecho en mi conciencia: prometo investigar a fondo sobre este poeta del que tan solo conozco estos catorce versos y el fragmento de la contraportada que aquí también reproduzco. Contactaré con mis antiguos compañeros filólogos y entre todos extraeremos de las tinieblas este chef d'oeuvre perdido. Pido la palabra para hacerme heraldo de Francisco, alias Paco, Albacete.

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